Todo empezó cuando un día, paseando por el bosque, vi unos álamos atornasolados. Y eran tan altos, que pensé en la suerte que tenían de llegar hasta el cielo. Así es que llamé a una nube, me monté sobre ella y le dije: “Quiero tocar el cielo, llévame tan alto como los álamos”. La nube se puso a reír y dijo que el cielo es un espacio infinito y que no se podía tocar, que no había techo. Pero no la creí y la hice volar alto, muy alto, hasta que, finalmente, el cielo llegó a su fin. Resultó que acababa en una trampilla redonda y tiré de la aldaba.

Entonces, entré en una habitación gigante y aparecí sobre un cuaderno inmenso. No sabía qué mundo era ese, se parecía al mío aunque allí yo era muy pequeñita. Vi que la trampilla era el relleno de una letra “o” mayúscula casi tan alta como yo, de un título que decía “Rosaflor y el viaje mágico”. Y me puse a leer la historia, que hablaba de una encantadora princesa deseosa de conocer mundo. Y continué leyendo el cuaderno y, a cada página, encontraba una historia nueva: “Rosaflor y el Príncipe Enamorado”; “Rosaflor y el Caballito Español”; “Rosaflor y la Gran Tormenta”. ¡Pero esas eran mis historias, las que se repetían en mi vida una y otra vez hasta el hartazgo! ¿Cómo podía ser? ¿Quién escribía por mí? ¿A qué mundo había llegado?

De repente, la puerta de la estancia se abrió y apareció un señor. Al verme, dio un brinco y, acercándose, preguntó, ¿quién eres tú? Rosaflor, respondí. Y como era tan pequeñita, cogió su cuaderno y escribió: Y Rosaflor creció.  Hablamos durante horas y supe ¡que era el autor de todo lo que sucedía en mi vida! Una vida aburridísima llena de príncipes estúpidos que solo vivían para matar al dragón. Me sentía atormentada porque ese escritor se empeñaba en decidir por mí sobre lo que iba a sucederme, dónde, cuándo y por qué, cómo debía sentirme y reaccionar, incluso ¡qué debía pensar! Él lo controlaba todo pero, ¿quién lo controlaba a él? Y más: ¿Su vida sería tan aburrida y repetitiva como la mía? En su mundo ¿también habría una trampilla? O quizás ¿él era Dios? Me empezó a doler la cabeza…

Ah, pero ahora yo era de su tamaño… así es que, con mi linda sonrisa y guiñándole un ojo, le pregunté si podría escribir una cosita en el cuaderno y, encandilado por mis gracias femeninas, dijo que sí. Cómo reía yo al contemplar su cara de espanto mientras se volvía chi-qui-ti-to y suplicaba piedad. Entonces, lo cogí por el pescuezo y lo arrojé por la trampilla. 

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