Un señor escribía sobre su niñez. Hijo de inmigrantes andaluces durante los cincuenta, vivía con sus padres en un piso oscuro y pequeño de una barriada de Barcelona; decía, yo pasaba las horas mirando por la ventana, pero era tan pequeña, ¡que solo se veía un rectángulo de cielo azul! Y no sabía definir por qué le gustaban tanto esos momentos de contemplación. Entonces, le propuse tomar la ventana como símbolo de la libertad y de la felicidad que sentía cuando corría, durante los veranos, por los campos de trigo del pueblo de sus abuelos.

Hoy, nuestras ventanas han cambiado, porque además del cielo azul, de los libros y de la televisión, podemos vernos y oírnos a través de las videollamadas. Y es tan sencillo como darle a un botón y pasar un buen rato. Ya no es imaginar en soledad o dejarse llevar por lo que te estén contando, sino relacionarse con otros a tiempo real. Como hace unos días, cuando estaba a punto de preparar los canelones de Navidad. ¿Hablamos?, decía el mensaje whatsapp de una amiga. Sí, pero por videollamada, respondí. Y coloqué el móvil ahí, sobre el salero de la cocina, para ir rellenando la pasta mientras charlábamos, ella desde su sofá, yo como impartiendo una masterclass culinaria. Hablábamos y reíamos. Después pensé podríamos bautizar cada uno de los canelones con los temas de la conversación: que si el canelón Bovary, que si el sabías que durante el siglo XII…, el de qué frío hace hoy, el de mil hojas de crema que les encanta a los niños… Veinticinco nombres para veinticinco cucharadas de vida. Al día siguiente, mientras los servía, me invadía aun más el bienestar. Quien no conozca la historia pensará que solo era eso, una bandeja de canelones navideños preparada con mucho amor; pero yo sentía, además, la felicidad de la impagable compañía de las amigas que siempre están, pese al tiempo y la distancia.

Que ya volverán los días en que podamos abrazarnos, besarnos, salir a pasear, a bailar, a nadar. Mientras, estaremos a un clic de vernos y de compartir, porque quien bien te quiere te buscará donde estés, en el campo, en la ciudad, en la ventana, en la videollamada… y aunque la tormenta arrecie siempre nos quedará, desde la ventana, ese trocito de cielo azul.

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