¡Una rana que habla!

¡Una rana que habla!

Hace algún tiempo, una princesita paseaba por la orilla de un río y ¡zas!, se encontró con una rana que hablaba. Yo soy tu príncipe, dijo él con mucha pompa, y si me besas, me transformaré en todo lo que siempre has soñado, ¡seré tu amor!

Entonces, la princesita se acordó de sus amigas y murmuró: Blancanieves y la Bella Durmiente, en coma; Ariel, muda; Rapunzel continúa en la torre… Y mientras la rana saltaba desesperada gritando ¡bésame, bésame!, la joven pensó: si continúo esperando, ¿qué me pasará a mí? ¡Pero bésame ya, princesa, y seré tu caballero rescatador! No, espera, si yo te beso a ti, ¿quién rescatará a quién?  Molesta, metió a la rana en un pote, se la llevó a casa, y mientras se matriculaba online en ingeniería genética y hasta el hartazgo de tanto bésame, bésame, que yo soy tu amor, que he nacido para hacerte feliz, respondió: Ya te besaría, cari, pero entiéndeme, es mucho más divertido tener a una rana que habla.

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Rosaflor y el viaje mágico

Rosaflor y el viaje mágico

Todo empezó cuando un día, paseando por el bosque, vi unos álamos atornasolados. Y eran tan altos, que pensé en la suerte que tenían de llegar hasta el cielo. Así es que llamé a una nube, me monté sobre ella y le dije: “Quiero tocar el cielo, llévame tan alto como los álamos”. La nube se puso a reír y dijo que el cielo es un espacio infinito y que no se podía tocar, que no había techo. Pero no la creí y la hice volar alto, muy alto, hasta que, finalmente, el cielo llegó a su fin. Resultó que acababa en una trampilla redonda y tiré de la aldaba.

Entonces, entré en una habitación gigante y aparecí sobre un cuaderno inmenso. No sabía qué mundo era ese, se parecía al mío aunque allí yo era muy pequeñita. Vi que la trampilla era el relleno de una letra “o” mayúscula casi tan alta como yo, de un título que decía “Rosaflor y el viaje mágico”. Y me puse a leer la historia, que hablaba de una encantadora princesa deseosa de conocer mundo. Y continué leyendo el cuaderno y, a cada página, encontraba una historia nueva: «Rosaflor y el Príncipe Enamorado»; «Rosaflor y el Caballito Español»; «Rosaflor y la Gran Tormenta». ¡Pero esas eran mis historias, las que se repetían en mi vida una y otra vez hasta el hartazgo! ¿Cómo podía ser? ¿Quién escribía por mí? ¿A qué mundo había llegado?

De repente, la puerta de la estancia se abrió y apareció un señor. Al verme, dio un brinco y, acercándose, preguntó, ¿quién eres tú? Rosaflor, respondí. Y como era tan pequeñita, cogió su cuaderno y escribió: Y Rosaflor creció.  Hablamos durante horas y supe ¡que era el autor de todo lo que sucedía en mi vida! Una vida aburridísima llena de príncipes estúpidos que solo vivían para matar al dragón. Me sentía atormentada porque ese escritor se empeñaba en decidir por mí sobre lo que iba a sucederme, dónde, cuándo y por qué, cómo debía sentirme y reaccionar, incluso ¡qué debía pensar! Él lo controlaba todo pero, ¿quién lo controlaba a él? Y más: ¿Su vida sería tan aburrida y repetitiva como la mía? En su mundo ¿también habría una trampilla? O quizás ¿él era Dios? Me empezó a doler la cabeza…

Ah, pero ahora yo era de su tamaño… así es que, con mi linda sonrisa y guiñándole un ojo, le pregunté si podría escribir una cosita en el cuaderno y, encandilado por mis gracias femeninas, dijo que sí. Cómo reía yo al contemplar su cara de espanto mientras se volvía chi-qui-ti-to y suplicaba piedad. Entonces, lo cogí por el pescuezo y lo arrojé por la trampilla. 

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¡Perrault, no me expliques cuentos!, en Tona

¡Perrault, no me expliques cuentos!, en Tona

Qué bonito el nivel de participación y la implicación durante el curso que impartí en la Biblioteca Caterina Figueras de Tona. Y aunque todos los cursos sean interesantes, este tuvo la particularidad de ser amplísimo respecto a la franja de edad, lo que aportó una perspectiva diferente en cuanto a las experiencias de vida femenina. Hubo un grupo de mujeres nacidas y educadas durante la dictadura, otro durante la transición y, finalmente, nuestro relevo generacional: las chicas de tercero de ESO.
Y no es que sea un curso exclusivo para mujeres, es que, en general, son las únicas que se matriculan.

El curso se desarrolló en dos sesiones intensas entre las explicaciones y los debates que se generaron, que culminaron con lo más divertido: la realización de los ejercicios prácticos. Entonces, la clase decidió que los grupos de trabajo se compondrían de mujeres de todas las edades para poder contrastar y enriquecerse con los diferentes puntos de vista. Creo que aquella decisión, la de trabajar mezclando a jóvenes y a mayores, fue importante porque es la propia mujer quien tiene el primer conocimiento de sí misma; y así, con su sabiduría y comprensión femenina, puede enseñar a las más jóvenes. Y estas, a su vez, aportan novedad a la experiencia. Para mí esto es equilibrio. Lo curioso fue que, al poner en común los trabajos de cada grupo, nos dimos cuenta de que ambos habían decidido reelaborar algún suceso del cuento de Cenicienta introduciendo la sororidad femenina (‘ayuda entre mujeres’) :

  • Las primeras escribieron una escena que sucedía durante una comida familiar, momento en que Cenicienta le explicaba a su padre que quería estudiar ingeniería espacial en la universidad. Inicialmente, él y la madrastra se negaban, pero las hermanastras la apoyaban y al final, entre las tres, Cenicienta conseguía su propósito. Así, dieron espacio a que las nuevas generaciones consigan superar las limitaciones ideológicas que arrastran tanto a hombres (negarse a que la hija proyecte su vida como ella decida), como a mujeres (ser sumisa para encontrar un buen marido).
  • Las otras trabajaron sobre la escena de las campanadas: cuando Cenicienta pierde el zapato regresa para recogerlo. Y allí, en las escaleras de palacio, se encuentra con otra Cenicienta que, como ella, se plantea si ese modo de vivir es lo que realmente quiere. Ambas deciden que no les apetece seguir un guion impuesto y huyen para iniciar una nueva vida, ahora llena de libertad. De nuevo, el propio sistema es superado en beneficio de encontrarse a sí misma y escoger el propio destino.

Al finalizar el curso, presenté mi novela Blanca y Elisentre aquel público tan receptivo e interesante.

Muchas gracias, Biblioteca Caterina Figueras por la gran acogida y la calidez de las participantes.

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La Bella Durmiente y el banquete de princesas

La Bella Durmiente y el banquete de princesas

De repente, la Bella Durmiente despierta. Hace frío y tiene ganas de ir al baño. Pero eso no estaba previsto: todos duermen menos ella, ¿quién ha cambiado el cuento? El banquete acabó y están en palacio. Y duermen tranquilos porque saben que su mundo principesco es el mejor lugar para vivir ya que, pase lo que pase afuera (en el bosque, en las villas, en los campos), ahí están a salvo para comer, reír y vivir: es su zona de confort. 

Mira hacia el bosque y no quiere salir. Siente miedo de los jabalíes, de las serpientes, de lo desconocido. El mundo da miedo. ¿Por qué? ¿Qué hay más allá de tanto temor?, se pregunta.

Empieza a caminar por el palacio, a recorrer las estancias observándolo todo y a todos. Cuánta felicidad y tranquilidad, cuánto silencio y oscuridad. De repente, tropieza con algo que se hace añicos. Es un zapatito de cristal. Cenicienta se despierta y observa su pie desnudo. Qué peligrosos son estos zapatos… Y se libera del otro. Porque a Cenicienta tampoco le gusta su destino. Así que deciden recorrer juntas el palacio hasta encontrar la salida. En otra estancia chocan contra una cama y descubren que ahí duerme Blancanieves, y la despiertan. La joven coge su lámpara, la que usa para ir a visitar a los enanos a la mina, y se une a descubrir una nueva vida. Cuando llegan al lindar de la puerta, una brisa fresca las sobrecoge. El bosque está oscuro, lleno de peligros y de sonidos extraños. Hace frío. A su espalda está todo lo conocido, el mundo seguro. En frente, el misterio de la vida por descubrir. Y, valientes, se adentran en lo desconocido.

Porque es allí donde empieza la vida, donde podrán elegir qué hacer, como hacen ellos, los príncipes y caballeros, que recorren aventuras y escogen a la princesa con quien desean casarse. Pero a ellas no les pregunta nadie, se quedan inmóviles dentro de palacio o en el de su futuro marido, con un destino escrito del que se presupone el final: la felicidad conyugal.

Pero ahora que han vencido sus miedos. Y nadie volverá a decirles qué deben hacer, ni cuándo ni con quién. Ahora, son libres.

Ejercicio realizado en el curso: Perrault, no m’expliquis contes! (‘¡Perrault, no me expliques cuentos!’), en la Biblioteca l’Escorxador, Sant Celoni.

Entradas relacionadas: 

https://paulacolobrans.com/actividades/perrault-no-mexpliquis-contes/

¡Perrault, no me expliques cuentos!, en Sant Celoni

 

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La Bella Durmiente que se cambió el nombre

La Bella Durmiente que se cambió el nombre

Había una vez una Bella Durmiente que se aburría muchísimo.  Vivía entre algodones para no aprender demasiado, ni a pensar ni a vivir demasiado. Pero ¿por qué?, le preguntaba ella a sus padres. Y siempre le contestaban: porque hay que aprender a vivir lo justo para  aceptar con agrado el propio destino. Y, ¿qué es el destino?, insistía, pero nadie le respondía. De hecho, todos creían que la Bella Aurora vivía tranquila, pero la curiosidad le podía. Por eso, el día de su vigésimo quinto cumpleaños, harta de esperar algo que ni ella misma sabía qué era pero que todos parecían saber, decidió adentrarse en el bosque que lindaba con su castillo.

Mientras caminaba oía una voz insistente dentro de su cabeza… El bosque está lleno de peligros, no debes adentrarte en él… Cuentan que vive una bruja que se come a las niñas buenas y guapas como tú… Ahí mil horrores te esperan… Te perderás y no regresarás jamás… Pero eran voces, solo voces lo que ella oía: la voz de su madre, la de su padre, la de las sirvientas…. Todas las voces juntas. Y sabía que si no se enfrentaba a sus miedos, jamás podría descubrir lo que se escondía más allá de su vida.

Estaba sola. Atemorizada. ¿Serían ciertas todas aquellas historias? Más y más adentro del bosque encontró un palacio cubierto de hiedra y musgo. ¿Desde cuándo estará ese palacio ahí? ¿Está habitado?, se preguntó. Y se decidió a entrar. En el centro encontró una estancia con objetos antiguos, extraños, viejos. De repente, un destelló la iluminó: era el reflejo de un espejo de mano. Se acercó. No se lo podía creer: ¡el espejo hablaba! ¿Cómo sabes quién soy? ¿Cómo es posible que sepas qué me gusta y qué no, cuáles son mis deseos? ¿Qué quieres decir con que debo regresar a casa, que es un error no cumplir mi destino? ¿Qué destino? ¿Qué sabes tú de mí que  ni yo misma sé?

Aturdida, escuchó las respuestas a todas sus preguntas. Una a una. Entonces, se retiró a meditar. Pensó en su destino, el que  debía cumplirse dentro de pocas horas. Le pareció que dormir durante cien años no sería demasiado cruel, pero sí aburrido: su destino era esperar hasta encontrar a su gran amor, el que la despertaría. Y eso era bonito. Pensó y pensó. Hasta que, por fin, se decidió: es injusto que deba esperar dormida, yo quiero conocer a mi príncipe, quiero viajar y divertirme, aprender, no quiero una vida aburrida. No quiero esperar.

Antes de partir le preguntó al espejo ¿quién eres? Y supo que la hijastra de su anterior dueña, Blancanieves, lo dejó abandonado ahí donde las princesas dejan todo lo que ya no les sirve en su vida, hartas de esperar y de tener que sufrir un destino impuesto. Y descubrió un zapatito de cristal, una rosa marchita, una capa de color rojo y mil cosas más.

Y decidió no pincharse. Decidió no dormir. Decidió vivir despierta y, sobre todo, cambiarse el nombre por: La Bella Despierta.

Ejercicio realizado en el curos: «Perrault, no m’expliquis contes! (‘¡Perrault, no me expliques cuentos!’), en la Biblioteca l’Escorxador, Sant Celoni.

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https://paulacolobrans.com/actividades/la-bella-durmiente-y-el-banquete-de-princesas/

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