El verano de mi vida

El verano de mi vida

No soy creyente. O quizás sí. Me hospedaba en una casa cercana a la iglesia, la que tenía un pasillo a solaz de una parra y, detrás, un trozo de tierra que hacía de huerto y jardín; estaba en la parte alta del pueblo y las vistas eran espectaculares. La alquilé para todo el verano y llegué a finales de junio. Pasarás calor, mejor vete al norte, dijeron mis amigas. Pero yo necesitaba conocer algo nuevo y Andalucía era una buena opción.

La Iglesia coronaba una placita empedrada que tenía una fuente, un jazmín y un banco para sentarse; y aunque pequeña, se erguía solemne acogiendo la palabra de Dios. Aquella tarde, mientras el sol caía fatigoso sobre los campos de trigo y tocaban a misa de ocho, yo me refrescaba en la fuente. Sin más, el párroco se me acercó y me preguntó: ¿Nos acompañará usted? Creo que no, pero gracias, respondí; era joven, tendríamos más o menos la misma edad, unos treinta. Venga, anímese, al menos podrá cobijarse de este calor. Acepté porque me arrancó una sonrisa, y me congregué con los lugareños en la casa del Señor. Empezó su sermón hablando del Eclesiastés, sobre la futilidad de las riquezas materiales, e incidió en el versículo 5:15, que dice «Tal como salió del vientre de su madre, así se irá: desnudo como vino al mundo, y sin llevarse el fruto de tanto trabajo».

Desde la casa veía cómo pasaban las horas, tórridas e infatigables, pero mis favoritas eran las del amanecer, que despertaban sobre la alfombra de campos que tapizaban el valle. Porque yo me despertaba también, los gallos se afanaban serviles para empujar a los campesinos a su labranza. Entonces, iba a pasear y andaba por la ladera hasta internarme en un bosque cercano, por donde fluía un río con sus pequeños saltos de agua. Y resultó que dos o tres días después del sermón, me encontré con el párroco. También yo aprovecho estas horas para caminar y reflexionar, como usted, dijo sereno. Me alegré y le comenté que había pensado sobre la prédica del otro día, y añadí: no estoy de acuerdo. No creo que lleguemos ni marchemos desnudos de este mundo, seamos ricos o pobres; creo que nuestro equipaje es la familia en la que nacemos, y el amor o el odio que nos tengan al venir. Y nos vamos con el peso de nuestra vida, no solo con las buenas obras, también con lo que nos ha quedado por solucionar, con las disculpas que no supimos dar…

Así empezaron nuestras conversaciones. Y, a diario, recorríamos juntos el sendero del bosque, nos bañábamos en su lugar preferido, una poza de aguas cristalinas cobijada por la espesura, desayunábamos y charlábamos sobre el sermón de la misa de ocho del día anterior, a la que acudía sin falta. El pueblo empezó a murmurar. Que si un párroco de provincias, joven y de buen ver, ¡y recién salido del seminario! Que si una escritora de ciudad, con sus minifaldas y escotes… Quizás no les faltó razón.

Regresé a Barcelona. Y cuando a principios de octubre recibí la buena nueva, recordé la última prédica que le escuché el día antes de partir, la que empezaba con el versículo del Génesis 1: 27-28: «Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó, 28 y los bendijo con estas palabras: “Sed fructíferos y multiplicaos”». Aquel día le recé al Señor. Y al siguiente, obró el milagro. No sé en qué pensé, quizás por cómo me miraba, porque se ruborizaba, porque se contenía… Los caminos del Señor son inescrutables.

Al verano siguiente regresé al pueblo andaluz, con su iglesia, con sus días calurosos y sus noches frescas, días de amaneceres delicados sobre los campos fuertes. Campos como tapices con sus hileras de olivos, de almendros, de cereal. Campos y siembras con el poder de la tierra y del amor. Pero no fui sola. Bautizamos a la pequeña Clara con agua del Jordán, él la hizo traer especialmente para ella.

No soy creyente, o quizás sí. Pero el verano del 97 fue el verano de mi vida: mis rezos fueron escuchados. «Sed fructíferos y multiplicaos». Es palabra de Dios. Amén.

Este relato participa en el concurso #ElVeranoDeMiVida, organizado por Zenda Libros.

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El llac maragda/El lago esmeralda

El llac maragda/El lago esmeralda

A la llum de l’alba, l’aigua dormisqueja tranquil•la davant una paret de roques a l’altra riba. Els primers rajos de sol desperten el llac. El tul de boira s’enretira amb suavitat i el paradís es vesteix de color. Fa fred i no t’atreveixes a sortir de la tenda. Fa olor de farigola i les camamilles estan a punt de florir.

S’hi arriba per un corriol que es perd entre la boscúria; a estones, s’enfila per passadissos de lloses relliscoses; a trossos, fa equilibris arran de barranc. De sobte, després d’hores de camí, comences a sentir com flueix el riu, sobretot ara, a l’abril, quan la natura desperta coqueta per embruixar-nos amb el seu rubor, quan la neu es fon com si l’aigua es deixondís de la hibernació. El riu que baixa lliscant entre les roques, amarant les parets, la molsa i les flors que s’hi arrapen per no veure’s arrossegades pels salts d’aigua inesperats. I just allà, després d’un racó que queda a l’esquerra, s’obre una gruta. Hi entres i camines per la penombra humida sota un sostre de volta que degota; alguna perla d’aigua et cau a sobre, però d’altres dringuen en els petits tolls que ressonen sota el silenci. Saps que ja ets a prop quan veus una boca de pedra que s’obre per deixar-te sortir; al darrere, un arc de Sant Martí es desplega sempre sobre una boira etèria de la cascada que hi trobaràs. Apartes lleugerament algunes plantes que pengen com cortines i deixes enrere la cova. Ja només falta travessar un petit barranc relliscós i agafar-te bé als arbres que ja coneixes. De sobte, el cel s’obre i entre mil tonalitats de verd apareix un llac de color maragda.

Per fi, la boira s’ha enretirat i surts de la tenda per refrescar-te al llac. El contemples i recordes quan fa anys agafaves aquell caragol de mar que pesava una barbaritat; per fora era aspre, rugós, ocre; per dins, rosat i suau, fi. Te’l posaves a cau d’orella i tancaves els ulls per a escoltar-ne el so. T’imaginaves la mar. Avui saps que et senties a tu, que era el teu propi pols i no l’onatge i la brisa marina. Avui ja no tens aquest caragol de mar per evadir-te del món, però et tens a tu. Encens el fogó i et prepares un te. Mires el llac que continua immòbil com un mirall fosc, profund, i contemples el reflex d’un núvol que s’hi fon. És tan real… De vegades necessitem que el món s’aturi. T’asseus i esperes que la tassa de te t’escalfi les mans. Més amunt, amb el desglaç, el riu baixa furiós; però aquí respira tranquil. Tanques els ulls i agraeixes un dia més aquesta solitud per retrobar-te amb tu entre tanta felicitat i tranquil•litat.

El llac maragda s’ha  publicat a Racó de relats,  de la revista APLEC, Associació Promotora de la Llengua Catalana, el 29 d’abril del 2021.

El lago esmeralda

A la luz del alba, el agua duerme tranquila delante de una pared de roca que descansa en la otra orilla. Los primeros rayos de sol despiertan el lago y el tul de niebla se retira con lentitud; el paraíso se viste de color. Hace frío y no te atreves a salir de la tienda. Huele a tomillo y las manzanillas están a punto de florecer.

Se llega por un sendero que se pierde entre la espesura del bosque; a ratos, se enfila sobre pasillos de losas resbaladizas; a veces, hace equilibrios por algún barranco. De repente, tras varias horas de camino, empiezas a oír como fluye el río, sobre todo ahora, en abril, cuando la naturaleza despierta coqueta para hechizarnos con su rubor, cuando las nieves se funden como si el agua se desperezase de la hibernación. El río que corre desde lo alto deslizándose entre las rocas, empapando las paredes, el musgo y las flores que se agarran para no verse arrastradas por inesperados saltos de agua. Y justo allí, tras un recodo que queda a la izquierda, se abre una gruta. Entras y caminas por la penumbra húmeda bajo un techo abovedado que gotea; alguna perla de agua te cae encima, pero otras repiquetean en los pequeños charcos que resuenan bajo el silencio. Sabes que ya estás cerca cuando ves que una boca de piedra se abre para dejarte salir; detrás, luce siempre el arcoíris sobre una bruma etérea por la cascada que encontrarás. Apartas ligeramente algunas plantas que se descuelgan como cortinas y dejas la cueva atrás. Ya solo falta un pequeño barranco resbaladizo y sujetarse bien a los árboles que ya conoces. De repente, el cielo se abre y entre mil tonalidades de verde aparece un lago esmeralda.

Por fin, la niebla se ha retirado y sales de la tienda para refrescarte en el lago. Lo contemplas y recuerdas cuando hace años cogías aquella caracola que pesaba una barbaridad; por fuera era áspera, rugosa, ocre; por dentro, rosada y suave, fina. Te la ponías en la oreja y cerrabas los ojos para escuchar su sonido. Te imaginabas el mar. Hoy sabes que te oías a ti, que era tu propio pulso y no el oleaje y la brisa marina. Hoy ya no tienes esa caracola para evadirte del mundo, pero te tienes a ti. Enciendes el hornillo y te preparas un té. Miras el lago que continúa inmóvil como un espejo oscuro, profundo, y contemplas el reflejo de una nube que se funde en él. Es tan real… A veces necesitamos que el mundo se pare; te sientas y esperas a que la taza de té caliente tus manos. Más arriba, con el deshielo, el río baja furioso; pero aquí respira tranquilo. Cierras los ojos y agradeces estar un día más en soledad, para volverte a encontrar entre tanta felicidad y tranquilidad.

El lago esmeralda se ha publicado en Racó de relats, de la revista APLEC, Associació Promotora de la Llengua Catalana, el 29 de abril del 2021. Podéis leer el original en catalán clicando en este enlace.

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Un allegretto de Bach (relat col·laboratiu)

Un allegretto de Bach (relat col·laboratiu)

“Si la Fanny veiés ara l’aparador, se sentiria orgullosa de mi”, pensava. Li agradava tenir-lo llest amb diverses classes de pa quan encara no havia sortit el sol; la seva olor omplia la botiga, convidava a trencar-ne un bocí per assaborir-lo tancant els ulls. Gaudíem escollint-ne un de diferent cada cop i ens omplíem la boca amb aquell gust exquisit. Després, guardàvem la resta de l’encetat per dinar i més tard, per sopar. Recordo que quan triava ella tenia el vici d’agafar el d’aparença lletja o un xic més cremat. “Hi ha el mateix amor en fer-lo, però és com un fill rebel” acabava dient,  somrient i el compartíem asseguts l’un a tocar de l’altre. Era com un ritual. En acabar, me n’anava a dormir satisfet després d’una nit de feina ben feta; llavors, abans de ficar-me al llit, la Fanny m’abraçava i em deia “És el millor pa de la contrada”. I baixava a la botiga i es quedava amb la nostra filla, que fins fa quatre dies era una nena entremaliada i ja estava feta tota una dona. Havia heretat el somriure i els ulls verds oliva de la seva mare. Tot anava tan bé… que no ens podíem imaginar com patiríem aquell octubre del 61, encara maleeixo haver-la deixat agafar aquell tren.

De tant en tant, la Fanny marxava a ca la tieta, a París: “vull veure com vesteixen els aparadors a ciutat, quin pa mengen, quin gust té… El poble necessita vida!”, deia emocionada. I va marxar. Al tren, va trobar una revista que algú havia deixat sobre el seient; tot plegat no era massa interessant, però va veure casualment un article titulat “La Ciutat de les Llums”. I No va trigar gens a submergir-se; les imatges dels carrers, els edificis i els monuments la varen encisar fins al punt que sense adonar-se’n acaronava les pàgines amb la punta dels dits. Lluny de sadollar les seves ànsies, sentia unes fortes pessigolles a la panxa. La Fanny va arribar a París. En baixar del tren, un allegretto de Bach li va donar la benvinguda; eren uns músics de carrer que desgranaven les últimes notes. Es va fixar en el violinista quan els aplaudiments dels passatgers el van fer enrojolar i sense voler-ho, les seves mirades es van creuar.  Es van somriure, però la Fanny no l’hi va donar més importància. I va agafar l’autobús fins a ca la tieta, que estava a tocar de la plaça Vendôme.

 Però les notícies que venien de París… aquell cop jo patia. Feia anys que Algèria lluitava per alliberar-se de l’ocupació francesa i deien que s’estava organitzant una gran manifestació pacífica a la capital francesa, a on vivien molts algerins. I va ser llavors quan la tieta em va avisar que la Fanny hi havia desaparegut la mateixa tarda dels aldarulls, el disset d’octubre. No m’ho podia creure. Vaig arribar a París tan ràpid com vaig poder i vaig buscar-la durant dies. Recordo quan vam denunciar a la policia la seva desaparició; ens van demanar la descripció, sempre havia pensat que el seu cabell negre i la seva pell bruna la feien molt atractiva, però havia resultat la seva condemna. Segur que la policia l’havia confós amb una algerina de les manifestacions, i potser la Fanny era un dels cossos que surava pel Sena, potser jeia morta pels carrers… El pitjor era no trobar-la.

Passaven els dies i havia de tornar al poble, fer-me càrrec de la nena, de la botiga. Tot era en mans de la policia. Va ser una setmana d’infern fins que la tieta ens va trucar. La Fanny havia tornat i ja estava de camí a casa. Va aparèixer acompanyada del Joseph, un violista que l’havia recollit al carrer, inconscient, i se l’havia endut al seu pis. Allà l’havien cuidat sense saber qui era, però la recordava d’un dia a l’andana del tren, les seves mirades s’havien creuat. En veure-la vaig plorar com mai, ens abrasàvem, rèiem, ploràvem, “em casaria amb tu cada dia de la nostra vida”, li deia a la Fanny, i l’acaronava amb la seva pell bruna i els seus rínxols negres, flonjos, preciosos. El Joseph m’havia tornat la vida i encara ara, quasi trenta anys després, celebrem aquell octubre del 61 bevent, cantant, rient i escoltant el violí del Joseph amb la música de Bach, donant-li gràcies a Déu per haver-se trobat un dia qualsevol a l’andana d’un tren, a París.

Aquest és el relat col·laboratiu que van escriure els alumnes del curs d’Escriptura Creativa “Què passaria si…”, a partir d’una fotografia. La història es va anar creant amb cada participació individual, sense consens sobre què succeiria, i cada setmana comentavem a classe l’evolució de la trama per aprendre els diferents processos de la creació literària. Va ser un dels exercicis que vam treballar durant aquest curs, organitzat per l’Espai Centre Cívic de l’Ajuntament d’Igualada.

Moltes gràcies a tots, ha estat un plaer impartir aquest curs amb vosaltres!

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¡Una rana que habla!

¡Una rana que habla!

Hace algún tiempo, una princesita paseaba por la orilla de un río y ¡zas!, se encontró con una rana que hablaba. Yo soy tu príncipe, dijo él con mucha pompa, y si me besas, me transformaré en todo lo que siempre has soñado, ¡seré tu amor!

Entonces, la princesita se acordó de sus amigas y murmuró: Blancanieves y la Bella Durmiente, en coma; Ariel, muda; Rapunzel continúa en la torre… Y mientras la rana saltaba desesperada gritando ¡bésame, bésame!, la joven pensó: si continúo esperando, ¿qué me pasará a mí? ¡Pero bésame ya, princesa, y seré tu caballero rescatador! No, espera, si yo te beso a ti, ¿quién rescatará a quién?  Molesta, metió a la rana en un pote, se la llevó a casa, y mientras se matriculaba online en ingeniería genética y hasta el hartazgo de tanto bésame, bésame, que yo soy tu amor, que he nacido para hacerte feliz, respondió: Ya te besaría, cari, pero entiéndeme, es mucho más divertido tener a una rana que habla.

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En un océano de inmensidad

En un océano de inmensidad

Tumbada sobre la arena, me inundas de luz. Respiro el silencio del agua en tu mirada calma y me sumerjo en la profundidad. Soy el infinito que huele a mar, a olas, a playa húmeda cuando penetras en mí, aunque un suspiro gima en mi boca cuando te vas; pero vuelves a entrar y no hay suficiente cielo para soñar. El mundo se llena de estrellas, de dulce, salado, de brisa que se enreda en mi pecho para jugar. Y me dejo llevar. Buceo intensa por la oscuridad hasta convertirme en un océano de inmensidad que se duerme infinito en ti porque tú lo eres en mí.

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El tiempo es vida

El tiempo es vida

Sabes que ya no hay ventanas para esta puerta cerrada. Coges la copa y observas cómo las burbujas se diluyen intensas, aunque algunas se aferren para quedarse cuando Javier hunde su dedito en el champán, ¡me hacen cosquillas!, exclama riendo. Todos esperan el brindis de alegría y felicidad, de la Navidad, la Natividad. ¿El niño Jesús también huele a dulce, como María Isabel?, interrumpe y ríe. ¿La abuela nos ve desde el cielo?, insiste. Sonríe acariciando a su hermana y respondo que todos los bebés huelen a dulce, pero María Isabel, además, a las natillas de la abuela. Javier sonríe y Fernando toma mi mano; me pregunta que si estoy bien, necesitas tiempo, pasará, dice siempre.

De la vida a la muerte con el grito mudo de quien no volverá, pienso. Alzo la copa: Tú ya no estás, mamá, pero Isabel lleva tu nombre, María. Sabíamos que te ibas y no pudimos presentártela ni decirte adiós. No me digas adiós, hija, dime hasta luego. Ahora sé que no hay suficiente consuelo para quien marcha en soledad, ni para los que se quedan. No fue en soledad, una enfermera me abrazó y me dijo adiós. Y lloró por ti, por mí, por la humanidad. Porque la muerte se lo lleva todo, mamá, a la muerte no le importa nada. Hija, la muerte nos habla en silencio, ella siempre está. Recuerdo cuando decías que solo debía importarnos el hoy, que el tiempo es lo único que no volverá, que nos dejamos tanto por decir, por sentir, por vivir… Y que lo hacemos por miedo. Me dirías que por fin he entendido que nos asusta vivir, amar, sentir, que nos aterra el rechazo, el fracaso. Que llenamos el cajón de sastre con los retales de lo que nunca dijimos porque creíamos que todavía hay tiempo. Un te quiero, un gracias, perdona, me he sentido mal, bien, he pensado que… Y lo dejamos para después. Pero quizás no haya un después. Quizás cuando quieras, no puedas. El tiempo es vida, hija, tu mayor tesoro, no seas un retal en la vida de nadie, y que nadie lo sea en la tuya. Al final sabrás que la muerte se anda como la vida. Mamá, sé que debo decirte adiós… y no puedo. Ni quiero…

Cariño, di mejor: hasta luego, mamá, te quiero.

Relato presentado al concurso organizado por Zenda Libros #unaNavidaddiferente

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