El verano de mi vida

El verano de mi vida

No soy creyente. O quizás sí. Me hospedaba en una casa cercana a la iglesia, la que tenía un pasillo a solaz de una parra y, detrás, un trozo de tierra que hacía de huerto y jardín; estaba en la parte alta del pueblo y las vistas eran espectaculares. La alquilé para todo el verano y llegué a finales de junio. Pasarás calor, mejor vete al norte, dijeron mis amigas. Pero yo necesitaba conocer algo nuevo y Andalucía era una buena opción.

La Iglesia coronaba una placita empedrada que tenía una fuente, un jazmín y un banco para sentarse; y aunque pequeña, se erguía solemne acogiendo la palabra de Dios. Aquella tarde, mientras el sol caía fatigoso sobre los campos de trigo y tocaban a misa de ocho, yo me refrescaba en la fuente. Sin más, el párroco se me acercó y me preguntó: ¿Nos acompañará usted? Creo que no, pero gracias, respondí; era joven, tendríamos más o menos la misma edad, unos treinta. Venga, anímese, al menos podrá cobijarse de este calor. Acepté porque me arrancó una sonrisa, y me congregué con los lugareños en la casa del Señor. Empezó su sermón hablando del Eclesiastés, sobre la futilidad de las riquezas materiales, e incidió en el versículo 5:15, que dice «Tal como salió del vientre de su madre, así se irá: desnudo como vino al mundo, y sin llevarse el fruto de tanto trabajo».

Desde la casa veía cómo pasaban las horas, tórridas e infatigables, pero mis favoritas eran las del amanecer, que despertaban sobre la alfombra de campos que tapizaban el valle. Porque yo me despertaba también, los gallos se afanaban serviles para empujar a los campesinos a su labranza. Entonces, iba a pasear y andaba por la ladera hasta internarme en un bosque cercano, por donde fluía un río con sus pequeños saltos de agua. Y resultó que dos o tres días después del sermón, me encontré con el párroco. También yo aprovecho estas horas para caminar y reflexionar, como usted, dijo sereno. Me alegré y le comenté que había pensado sobre la prédica del otro día, y añadí: no estoy de acuerdo. No creo que lleguemos ni marchemos desnudos de este mundo, seamos ricos o pobres; creo que nuestro equipaje es la familia en la que nacemos, y el amor o el odio que nos tengan al venir. Y nos vamos con el peso de nuestra vida, no solo con las buenas obras, también con lo que nos ha quedado por solucionar, con las disculpas que no supimos dar…

Así empezaron nuestras conversaciones. Y, a diario, recorríamos juntos el sendero del bosque, nos bañábamos en su lugar preferido, una poza de aguas cristalinas cobijada por la espesura, desayunábamos y charlábamos sobre el sermón de la misa de ocho del día anterior, a la que acudía sin falta. El pueblo empezó a murmurar. Que si un párroco de provincias, joven y de buen ver, ¡y recién salido del seminario! Que si una escritora de ciudad, con sus minifaldas y escotes… Quizás no les faltó razón.

Regresé a Barcelona. Y cuando a principios de octubre recibí la buena nueva, recordé la última prédica que le escuché el día antes de partir, la que empezaba con el versículo del Génesis 1: 27-28: «Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó, 28 y los bendijo con estas palabras: “Sed fructíferos y multiplicaos”». Aquel día le recé al Señor. Y al siguiente, obró el milagro. No sé en qué pensé, quizás por cómo me miraba, porque se ruborizaba, porque se contenía… Los caminos del Señor son inescrutables.

Al verano siguiente regresé al pueblo andaluz, con su iglesia, con sus días calurosos y sus noches frescas, días de amaneceres delicados sobre los campos fuertes. Campos como tapices con sus hileras de olivos, de almendros, de cereal. Campos y siembras con el poder de la tierra y del amor. Pero no fui sola. Bautizamos a la pequeña Clara con agua del Jordán, él la hizo traer especialmente para ella.

No soy creyente, o quizás sí. Pero el verano del 97 fue el verano de mi vida: mis rezos fueron escuchados. «Sed fructíferos y multiplicaos». Es palabra de Dios. Amén.

Este relato participa en el concurso #ElVeranoDeMiVida, organizado por Zenda Libros.

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El llac maragda/El lago esmeralda

El llac maragda/El lago esmeralda

A la llum de l’alba, l’aigua dormisqueja tranquil•la davant una paret de roques a l’altra riba. Els primers rajos de sol desperten el llac. El tul de boira s’enretira amb suavitat i el paradís es vesteix de color. Fa fred i no t’atreveixes a sortir de la tenda. Fa olor de farigola i les camamilles estan a punt de florir.

S’hi arriba per un corriol que es perd entre la boscúria; a estones, s’enfila per passadissos de lloses relliscoses; a trossos, fa equilibris arran de barranc. De sobte, després d’hores de camí, comences a sentir com flueix el riu, sobretot ara, a l’abril, quan la natura desperta coqueta per embruixar-nos amb el seu rubor, quan la neu es fon com si l’aigua es deixondís de la hibernació. El riu que baixa lliscant entre les roques, amarant les parets, la molsa i les flors que s’hi arrapen per no veure’s arrossegades pels salts d’aigua inesperats. I just allà, després d’un racó que queda a l’esquerra, s’obre una gruta. Hi entres i camines per la penombra humida sota un sostre de volta que degota; alguna perla d’aigua et cau a sobre, però d’altres dringuen en els petits tolls que ressonen sota el silenci. Saps que ja ets a prop quan veus una boca de pedra que s’obre per deixar-te sortir; al darrere, un arc de Sant Martí es desplega sempre sobre una boira etèria de la cascada que hi trobaràs. Apartes lleugerament algunes plantes que pengen com cortines i deixes enrere la cova. Ja només falta travessar un petit barranc relliscós i agafar-te bé als arbres que ja coneixes. De sobte, el cel s’obre i entre mil tonalitats de verd apareix un llac de color maragda.

Per fi, la boira s’ha enretirat i surts de la tenda per refrescar-te al llac. El contemples i recordes quan fa anys agafaves aquell caragol de mar que pesava una barbaritat; per fora era aspre, rugós, ocre; per dins, rosat i suau, fi. Te’l posaves a cau d’orella i tancaves els ulls per a escoltar-ne el so. T’imaginaves la mar. Avui saps que et senties a tu, que era el teu propi pols i no l’onatge i la brisa marina. Avui ja no tens aquest caragol de mar per evadir-te del món, però et tens a tu. Encens el fogó i et prepares un te. Mires el llac que continua immòbil com un mirall fosc, profund, i contemples el reflex d’un núvol que s’hi fon. És tan real… De vegades necessitem que el món s’aturi. T’asseus i esperes que la tassa de te t’escalfi les mans. Més amunt, amb el desglaç, el riu baixa furiós; però aquí respira tranquil. Tanques els ulls i agraeixes un dia més aquesta solitud per retrobar-te amb tu entre tanta felicitat i tranquil•litat.

El llac maragda s’ha  publicat a Racó de relats,  de la revista APLEC, Associació Promotora de la Llengua Catalana, el 29 d’abril del 2021.

El lago esmeralda

A la luz del alba, el agua duerme tranquila delante de una pared de roca que descansa en la otra orilla. Los primeros rayos de sol despiertan el lago y el tul de niebla se retira con lentitud; el paraíso se viste de color. Hace frío y no te atreves a salir de la tienda. Huele a tomillo y las manzanillas están a punto de florecer.

Se llega por un sendero que se pierde entre la espesura del bosque; a ratos, se enfila sobre pasillos de losas resbaladizas; a veces, hace equilibrios por algún barranco. De repente, tras varias horas de camino, empiezas a oír como fluye el río, sobre todo ahora, en abril, cuando la naturaleza despierta coqueta para hechizarnos con su rubor, cuando las nieves se funden como si el agua se desperezase de la hibernación. El río que corre desde lo alto deslizándose entre las rocas, empapando las paredes, el musgo y las flores que se agarran para no verse arrastradas por inesperados saltos de agua. Y justo allí, tras un recodo que queda a la izquierda, se abre una gruta. Entras y caminas por la penumbra húmeda bajo un techo abovedado que gotea; alguna perla de agua te cae encima, pero otras repiquetean en los pequeños charcos que resuenan bajo el silencio. Sabes que ya estás cerca cuando ves que una boca de piedra se abre para dejarte salir; detrás, luce siempre el arcoíris sobre una bruma etérea por la cascada que encontrarás. Apartas ligeramente algunas plantas que se descuelgan como cortinas y dejas la cueva atrás. Ya solo falta un pequeño barranco resbaladizo y sujetarse bien a los árboles que ya conoces. De repente, el cielo se abre y entre mil tonalidades de verde aparece un lago esmeralda.

Por fin, la niebla se ha retirado y sales de la tienda para refrescarte en el lago. Lo contemplas y recuerdas cuando hace años cogías aquella caracola que pesaba una barbaridad; por fuera era áspera, rugosa, ocre; por dentro, rosada y suave, fina. Te la ponías en la oreja y cerrabas los ojos para escuchar su sonido. Te imaginabas el mar. Hoy sabes que te oías a ti, que era tu propio pulso y no el oleaje y la brisa marina. Hoy ya no tienes esa caracola para evadirte del mundo, pero te tienes a ti. Enciendes el hornillo y te preparas un té. Miras el lago que continúa inmóvil como un espejo oscuro, profundo, y contemplas el reflejo de una nube que se funde en él. Es tan real… A veces necesitamos que el mundo se pare; te sientas y esperas a que la taza de té caliente tus manos. Más arriba, con el deshielo, el río baja furioso; pero aquí respira tranquilo. Cierras los ojos y agradeces estar un día más en soledad, para volverte a encontrar entre tanta felicidad y tranquilidad.

El lago esmeralda se ha publicado en Racó de relats, de la revista APLEC, Associació Promotora de la Llengua Catalana, el 29 de abril del 2021. Podéis leer el original en catalán clicando en este enlace.

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El tiempo es vida

El tiempo es vida

Sabes que ya no hay ventanas para esta puerta cerrada. Coges la copa y observas cómo las burbujas se diluyen intensas, aunque algunas se aferren para quedarse cuando Javier hunde su dedito en el champán, ¡me hacen cosquillas!, exclama riendo. Todos esperan el brindis de alegría y felicidad, de la Navidad, la Natividad. ¿El niño Jesús también huele a dulce, como María Isabel?, interrumpe y ríe. ¿La abuela nos ve desde el cielo?, insiste. Sonríe acariciando a su hermana y respondo que todos los bebés huelen a dulce, pero María Isabel, además, a las natillas de la abuela. Javier sonríe y Fernando toma mi mano; me pregunta que si estoy bien, necesitas tiempo, pasará, dice siempre.

De la vida a la muerte con el grito mudo de quien no volverá, pienso. Alzo la copa: Tú ya no estás, mamá, pero Isabel lleva tu nombre, María. Sabíamos que te ibas y no pudimos presentártela ni decirte adiós. No me digas adiós, hija, dime hasta luego. Ahora sé que no hay suficiente consuelo para quien marcha en soledad, ni para los que se quedan. No fue en soledad, una enfermera me abrazó y me dijo adiós. Y lloró por ti, por mí, por la humanidad. Porque la muerte se lo lleva todo, mamá, a la muerte no le importa nada. Hija, la muerte nos habla en silencio, ella siempre está. Recuerdo cuando decías que solo debía importarnos el hoy, que el tiempo es lo único que no volverá, que nos dejamos tanto por decir, por sentir, por vivir… Y que lo hacemos por miedo. Me dirías que por fin he entendido que nos asusta vivir, amar, sentir, que nos aterra el rechazo, el fracaso. Que llenamos el cajón de sastre con los retales de lo que nunca dijimos porque creíamos que todavía hay tiempo. Un te quiero, un gracias, perdona, me he sentido mal, bien, he pensado que… Y lo dejamos para después. Pero quizás no haya un después. Quizás cuando quieras, no puedas. El tiempo es vida, hija, tu mayor tesoro, no seas un retal en la vida de nadie, y que nadie lo sea en la tuya. Al final sabrás que la muerte se anda como la vida. Mamá, sé que debo decirte adiós… y no puedo. Ni quiero…

Cariño, di mejor: hasta luego, mamá, te quiero.

Relato presentado al concurso organizado por Zenda Libros #unaNavidaddiferente

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Ítaca/Ítaca

Ítaca/Ítaca

Fa fred. Fora, el bosc desperta adormit i l’aurora es filtra a través de les escletxes dels finestrons. Quina mandra sortir del llit, s’hi està tan calent i és tan esponjós, penses. L’estufa es va consumir fa hores; l’encens i esperes. Esperar l’amor dol. I renunciar-hi, també.

Surts de la cabanya amb els peus entumits i només veus arbres i boira. Boira, un vel espès que ho cobreix tot. Esperes i escoltes el rierol, els ocells, el fullatge bressolat per la brisa… Escoltes el fred i contemples la seva llum. El fum surt per la xemeneia i flota sobre la cabanya. I recordes la dolçor dels pastissos de la iaia, quanta tendresa a cada mossegada! Encara no, deixa-ho reposar, deia. I rèieu. Respires i comences a caminar. Escoltes el bosc i t’escoltes a tu. Cada trepitjada és un batec. Saps que tot s’ha acabat i que has de tornar a començar. Ahir va ploure i queden alguns tolls. Xipolleges i comences a saltar de toll en toll fins que recordes aquella tarda d’hivern en què vas caure en un i vas estar tota la setmana engripada. A la iaia no li va fer gens de gràcia, però amb l’Adrià encara rieu en recordar-ho. L’Adrià és el teu amic de l’ànima i està feliç que tornis a ser tu, a riure, a cantar, a somiar. 

La boira es difumina amb lentitud i contemples la immensitat. I veus el gran roure amb les seves arrels emergint del sòl: mira que profundes i gruixudes són, deia la iaia; són els seus pensaments. I les branques i fulles, els seus sentiments. I penses en quan creies en fades i follets, en quan recorries el bosc a la recerca de sargantanes per enxampar-los la cua, en quan caçaves papallones i, en arribar a casa, la iaia t’obligava a deixar-les anar, en quan corries cap al penya-segat per escoltar el cant de les sirenes. Somrius i et detens. I respires profundament. Tens fred a les galtes, penses. Al lluny, el cel i la mar s’abracen transformant els seus petons en gotes de purpurina, com brillen sota el sol! I penses en Ulisses, que va viatjar durant anys abans de poder tornar a Ítaca i, en arribar, va haver de lluitar per recuperar el seu lloc. Llavors, t’adones que Ítaca ets tu, i que el veritable malefici no és la ruptura sinó insistir en una relació que, encara que ho vau intentar, no us donarà la felicitat.

Tornes a la cabanya comptant els caragols que et creues pel camí. En arribar, l’estufa crema i et prepares el desdejuni. S’hi està bé, en solitud; i potser el problema fou estar amb algú que et necessitava per no sentir-la. La tebiesa de la xocolata et reconforta i sents la tranquil·litat d’un amor que tantes ensenyances t’ha regalat. I decideixes guardar-les en el cofre de les coses boniques. És diumenge i has de tornar a la ciutat. Però la cabanya, el bosc i els amics romandran aquí per recordar-te qui ets, i per què.

Ítaca ha sortit publicat a Racó de Relats de la Revista Aplec.

Ítaca

Hace frío. Afuera, el bosque despierta dormido y la aurora se filtra a través de las contraventanas. Qué pereza salir de la cama con lo mullida y calentita que está, piensas. La estufa se consumió hace horas; la enciendes y esperas. Esperar al amor duele. Y renunciar a él, también.

Sales de la cabaña con los pies entumecidos y solo ves árboles y niebla. Niebla, un velo espeso que  lo cubre todo y que te impide ver. Esperas y escuchas al arroyo, a los pájaros, al follaje mecido por la brisa… Escuchas al frío y contemplas su luz. El humo sale por la chimenea y flota sobre la cabaña. Y recuerdas el dulzor de los pasteles de la yaya, ¡cuánta ternura en cada mordisco! Todavía no, déjalo reposar, decía. Y reíais. Respiras y empiezas a caminar. Escuchas al bosque y te escuchas a ti. Cada pisada es un latido. Sabes que todo ha acabado y que debes volver a empezar. Ayer llovió y quedan algunos charcos. Chapoteas y empiezas a saltar de charco en charco hasta que recuerdas aquella tarde de invierno en que te caíste en uno y estuviste toda la semana con gripe. A la yaya no le hizo ninguna gracia, pero con Adrián todavía reís al recordarlo. Adrián es tu amigo del alma y está feliz de que vuelvas a ser tú, a reír, a cantar, a soñar.

La niebla se difumina con lentitud y contemplas la inmensidad. Y ves al gran roble con sus raíces emergiendo del suelo: mira qué profundas y gruesas son, decía la yaya; son sus pensamientos. Y las ramas y hojas, sus sentimientos. Y te acuerdas de cuando creías en duendes y hadas, de cuando recorrías el bosque en busca de lagartijas para pillarles la cola, de cuando cazabas mariposas y, al llegar a casa, la yaya te obligaba a soltarlas, de cuando corrías hacia el acantilado para escuchar el canto de las sirenas. Sonríes y te detienes. Y respiras profundamente. Qué fríos están tus mofletes. A lo lejos, el cielo y el mar se abrazan transformando sus besos en gotas de purpurina, ¡cómo brillan bajo el sol! Y piensas en Ulises, que viajó durante años antes de poder regresar a Ítaca y, al llegar, tuvo que batallar para recuperar su lugar. Entonces, te das cuenta de que Ítaca eres tú, y de que el verdadero maleficio no es la ruptura sino insistir en una relación que, aunque lo habéis intentado, no os dará la felicidad.

Regresas a la cabaña contando los caracoles que te cruzas en el camino. Al llegar, la estufa arde y te preparas el desayuno. Se está bien en soledad; y quizás, el problema fue estar con alguien que te necesitaba para no sentirla. La tibieza del chocolate te reconforta y sientes la tranquilidad de un amor que tantas enseñanzas te ha regalado. Y decides guardarlas ahí, en el cofre de las cosas bonitas. Es domingo y has de regresar a la ciudad. Pero la cabaña, el bosque y los amigos estarán siempre ahí para recordarte quién eres, y por qué.

Traducción del texto original publicado en catalán en la sección Racó de Relats de la Revista Aplec. También podéis leerlo aquí:

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L’Eleonor i el petit Espígol

L’Eleonor i el petit Espígol

Sortiren una matinada fresca de finals de juliol. L’Eleonor i el Frederic viatjaven acompanyats per la dida Josefina. El trajecte durava dos dies. Es mudaven. Els grinyols del carruatge feien riure el petit, que tenia quatre anys complerts. Mirava per la finestra i assenyalava els segadors, els rucs carregats amb els feixos de palla, els ramats de bens… Que fascinant era tot! Fins i tot els núvols que s’apropaven. “Resem perquè la tempesta arribi cap al tard, serà forta”, comentà el cotxer. El Frederic rigué.

Al vespre, a l’abric de la posada, arribà la nit. I la tempesta. Llampegava. Tronava. Qui podia dormir en una nit així? El Frederic sentia com sa mare l’aferrava amb tanta força com ell el seu osset de drap, i que l’acaronava amb la seva veu dolça cantant-li la Chançon d’amour. Els hostes s’havien reunit a la sala. Aquí no hi havia ciutat. Ni veïns. Només bosc i tempesta. A fora tot esbategava furiós. De sobte, la porta s’obrí. Els homes van adreçar-s’hi per tancar-la. I el Frederic, en un rampell de bogeria, llançà l’osset i sortí cridant per foragitar el que tanta por feia a sa mare. L’Eleonor i la dida cridaren i sortiren darrere seu alertant a tothom. Però hi havia tal confusió que ningú va reaccionar a temps. On era el Frederic? Que tètric es veia tot amb els clarobscurs dels llamps i trons. Llum. Foscor. Negror. Els crits de l’Eleonor s’esvaïren entre els seus plors. Del Frederic en quedà l’osset. I el record. El bosc n’engolí la resta.  

Però el Frederic vivia. Vivia i mirava la lluentor d’uns cabells d’argent copsats de sol. Era l’endemà, quan una dona el portava a coll. Qui era? Tenia les mans arrugades i els ulls inquiets. Amb ella hi havia aquell gos que l’havia acompanyat durant la tempesta. Era en Cafur, que el sentí i el trobà entre matolls d’espígol. Per això, aquella dona l’anomenà Petit Espígol. Em dic Frederic, insistia ell; però ella responia que era l’Espígol. Pocs la coneixien. Li deien la Bruixa perquè vivia amagada del món en un cau del Bosc dels Esgavellats. I se la veia de tant en tant baixar al poble per a ajudar qui necessités les seves pocions i arts màgiques.

El petit va créixer feliç a pesar de l’enyorança. De vegades plorava. Quan vindrà la mama?, preguntava sovint. Però la Bruixa s’havia apropiat d’ell i el cuidava. Li ensenyava els secrets de les plantes, a orientar-se pel bosc, a llegir els estels. I els records de la mare s’esvaïen. La Bruixa no el volia compartir amb ningú. L’Espígol era la seva troballa particular i secreta. Ell era seu. I volia tenir-lo allunyat de la maldat dels homes, que es mantingués amb l’ànima pura, sublim, lliure. I durant cinc anys caminà descalç, pujà als arbres, es banyà als rius d’aigua clara. I quin orgull de cabellera lluïa! I creixé cercant la nimfa del riu pensant que ella se l’estimava tant que s’amagava tímida, juganera. L’Espígol embogia de felicitat. Fins que un dia, es topà de fit a fit amb un frare peregrí, el Marcel de Montserrat:  

—I qui ets tu, petit vailet? D’on surts?

—Sóc l’Espígol, fill del bosc, amic de la nimfa del riu i de la Bruixa! —respongué donant-se un cop ben fort al pit.

En Marcel dibuixà un somriure, d’on sortia aquell petit intrèpid? No havia vist mai res de semblant. Però si va nu i descalç! I aquesta cabellera… I si és el nen que el bosc engolí?, pensà. I el portà cap a Montserrat tot i que la Bruixa s’hi resistís. Avisaren l’Eleonor, que en arribar el va abraçar amb força, plorant, ensenyant-li l’osset. El Frederic sospirà. Agafà l’osset. No sabia què dir, què pensar, què fer. Per què li havien tallat els cabells? Perquè havia de calçar sabates? Quan l’Eleonor va entonar la Chançon d’amour, ell també cantà. L’Eleonor plorava de felicitat. Però ell restava en silenci, observant. Què volia aquella gent? Qui eren? Què volia dir civilitzar? Per què l’havien vestit així? On era la Bruixa? La nit és llarga, pensà. El llit es flonjo com els cabells d’aquella dona, l’Eleonor. Però jo sóc l’Espígol i vull tornar a casa! I s’escapolí entre la foscor, vers el bosc.

Para ver la entrada original puedes ir a:

http://www.aplec-igualada.cat/relat/20/l-eleonor-i-el-petit-espigol?fbclid=IwAR0tjs6skR2HrpyzmbgZbtJMzUg3e8x_tkiKiprxQzR1fAKIyHJyJ2XuE5k

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Blanca y Elisa

Blanca y Elisa

Queridos amigos, compañeros, lectores, ¡por fin Blanca y Elisa ve la luz! Me siento orgullosa, qué os voy a contar. Ha sido una larga espera llena de subidas y de bajadas, de emociones, de trabajo duro, tesón y paciencia. Tengo mucho que agradecer a todas las personas que me han ayudado durante este proceso: a Sebastià Bennassar por sus enseñanzas, a mis amigos lectores que se atrevían a darme su opinión sincera, a los que me inspiraron para crear personajes, a los que me animaban cuando lo necesitaba, a Javier Salazar Rincón por su apoyo incondicional, y a la Editorial Milenio por aceptar leer mi manuscrito y publicarlo pese a ser autora novel.

Para la portada, hicimos una sesión fotográfica un día de primavera. Más abajo podréis ver algunas de las propuestas que presenté a la editorial. La modelo es una joven de extraordinario talento que estudia para actriz. Se llama Valeria Sorolla.

Y, volviendo a Blanca y Elisa, en la página de la editorial podréis leer la sinopsis, el prólogo (escrito por Sebastià Bennassar), el primer capítulo y el índice. Y también, si queréis, podéis comprarla ahí mismo.

Ya os iré informando sobre cuándo y dónde haré las presentaciones, para que vengáis a verme. Un abrazo y gracias a todos por vuestro apoyo y confianza, espero que os guste y que disfrutéis leyéndola.

Milenio Editors: «Novela de intriga sobre relaciones de familia y herencias, compleja y cargada de grandes pecados; con la dosis adecuada de misterios, de sospechas, de apariencias y de dramas inconfesables protagonizados por personajes inesperados. Un texto muy bien escrito, de estructura clásica, de alguien que domina perfectamente la gradación narrativa, la técnica del punto de vista, de la narración dentro de la narración». Sebastià Bennassar: “una buena historia y una buena autora dispuesta a explicarla y a defenderla”.  

Puntos de venta:

Editorial Milenio: https://www.edmilenio.com/esp/blanca-y-elisa.html

Amazon: https://www.amazon.es/Blanca-Elisa-Narrativa-Colobrans-Delgado/dp/8497437950

Casa del Libro:
https://www.casadellibro.com/libro-blanca-y-elisa/9788497437950/6235251

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