Bajo un trozo de cielo azul

Bajo un trozo de cielo azul

Sola en la cabaña del bosque, a la luz de un quinqué. Miré por la ventana. Rayos como culebras rompían la oscuridad. El cielo rugía intenso sobre las ramas enloquecidas, árboles furiosos, la lluvia contra el cristal.

Dentro, una infusión que humeaba tranquila. Olía a tomillo, a verdadero, a cuando vas por el campo a recoger hierbas y flores, a pasear, a reencontrarte contigo. Saqué las cartas del cajón, amarillentas por la aspereza del tiempo, y jugué a un solitario, dos, tres. De la nada, aullidos en las tinieblas. Sombras. Lobos, pensé. Cogí el cuaderno y me fui a la cama. El viento gemía nervioso. Me arropé con el edredón y empecé a escribir. Sonó la ronquedad de un estruendo profundo que no se acababa nunca. El martilleo incesante del agua contra el techo, el suelo. Intenté escribir hasta quedarme dormida.

Al despertar, silencio. Pequeñas hebras de luz se filtraban por las contraventanas. Escuché bien y oí a la orquesta de reyezuelos, mirlos y picapinos. Salí al porche y me inundaron con su bienestar. Vi al sol arropado por la neblina, escuché el rumor del viento en las copas de las hayas, de los abetos, respiré la brisa fresca sobre  mi piel. Te gustaría. Me puse las botas, la chaqueta, y salí a pasear. Petricor, así se llama al aroma de tierra mojada después de llover. Durante días, todo eran lluvias; hoy, sus pequeñas gotas se descolgaban risueñas para caer sobre mí. Sabía a felicidad. Recordé que siempre hay tiempo para volver a soñar, sin importar lo fácil o difícil que se vuelva el camino, aunque a veces necesitemos un tiempo de soledad. Regresé a la cabaña bajo un trozo de cielo azul y sonreí por fin, después de tantos días de oscuridad.

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Y un domingo cualquiera…

Y un domingo cualquiera…

A veces hay que dar un paso atrás, detenerse, descansar. Llorar. Tirar treinta o cuarenta páginas de tu novela. Volver a empezar.

Escribir es saber que te perderás, es trazar un camino y descubrir hasta dónde estás dispuesto a llegar. Es bucear en ti, en mí. Y ser capaz de cambiar. Corregir para mejorar. Es escribir hoy, mañana, pasado. Escribir, siempre. Y si no puedes de día, durante la noche: una hora, dos, tres, lo que aguantes. Escribir aunque todo te pueda, te duela. Es pedir ayuda, escuchar, dejarse guiar, saber quién se mantiene a tu lado, quién te recoge cuando te caes. Mantenerse de pie cuando has trabajado durante semanas, meses, y el resultado no gusta. Y continuar porque tienes algo importante que decir.

Y un domingo cualquiera, como podría ser hoy, decides ir a la floristería: tu balcón necesita flores, porque es ahí donde escribes día sí y al otro también. Entonces, entre el aroma de los lirios y las gardenias, escuchas a alguien que dice: escribir es tan bonito, es tan romántico, es estar siempre inspirado. Y yo sonrío y, entre tiesto y maceta, le explico sobre los cuatro años que tardé en escribir mi primera novela, y en los tres y pico que llevo para la segunda. ¡Oh!, exclama mi interlocutor, ¿tanto?

La verdad, es tan pueril, ¿quién se enfadaría por un comentario así? Hasta me han dado ganas de reír.

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Cómo decirte…

Cómo decirte…

Cómo decirte que contigo el cielo es más azul, que las noches brillan con tu mirada y que me duermo abrazada a ti, aunque tú no estés. Que te echo de menos, que desearía que estuvieses aquí, que te querría a mi lado, siempre. Que recordaré tus ojos, tu sonrisa, tu alma, tu voz, y que esperaré hasta volvernos a ver porque algo de ti quedó en mí. Que serás fuego, siempre, el fuego que arde, el que inspira, el que ilumina y reconforta cuando todo va mal, bien. Que eres infinito en mí. Ven, dices, y me tiendes la mano para que regrese a ti. Pero voy sin ir. Eres el pensamiento que ilumina mis días, vivo abrazada a ti.

Esperaré. Seré dulce, suave, lenta. Porque si tú lo quieres, yo también.

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Al atardecer

Al atardecer

Se acerca el solsticio. Es tiempo de reflexión. De esperar. Respirar. De cerrar los ojos y comprender. De escuchar. No existe el tiempo, el espacio. No hay prisa. Cada día un principio y cada noche un final, morir para volver a empezar y tejer el camino que deseamos andar. El hoy se convertirá en ayer. Cierro los ojos y espero. Escucho.

A veces vivimos confusos entre lo que deseamos y lo que tenemos porque nos olvidamos de quiénes somos, de por qué estamos aquí, de lo que hemos venido a aprender. Me siento y espero. Escucho. Necesito silencio, soledad. Escribir. No existe el tiempo, el espacio. Solo el aquí y ahora, y un abrazo de amor en forma de luz, mi luz.

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El tiempo nos da las respuestas

El tiempo nos da las respuestas

Hay un rincón donde sentarse a escribir, a pie de una pequeña escalera medio escondida entre plantas y flores. Un margen las protege del sol. Y un poco más allá, bajando por el sendero, el arroyo. Contemplo las nubes sobre el fondo azul y oigo el agua que baja tranquila por la antigua acequia de piedra. Al fondo, un campo de amapolas. Me siento y escucho. Y recuerdo a un amigo cuando decía que no es lo mismo el amor que el enamoramiento, porque éste se basa en lo efímero, si nace de la pasión y del impulso, así como llega, se va. Pero qué diferente es cuando llega desde la admiración intelectual e incondicional, y trasciende; cuando sabes que has encontrado a alguien con quien desearías estar, ser, compartir, con lo bueno y con lo malo. Alguien a quien decir: sin ti, mi vida está bien. Pero contigo, sería mejor. Entonces, has llegado al amor.

Me decía, además, que la vida da muchas vueltas, que nunca sabemos qué sucederá, que un quizás puede ser un sí o un no. Y tiene razón, a veces necesitamos tiempo y espacio para saber qué queremos, para valorar si estamos dispuestos a aceptar los cambios profundos que algo o alguien supondría en nuestra vida. Y cuando uno es el espejo del otro, los dos lados cuestan. Porque respetar ese tiempo y ese espacio desde la lentitud, el silencio y la aceptación a la incertidumbre, cuesta. Entonces, tomas conciencia de que estás frente a un gran maestro, porque un maestro no es solamente la persona que te enseña con delicadeza, también lo es quien te arranca de tu zona de confort para sacudirlo todo, porque en uno y otro lado hay aprendizajes profundos que necesitan tiempo y espacio.

Y hoy hablo por mí y de lo que yo soy, de lo que siento, de lo que quiero. Porque el tiempo nos da las respuestas y hay que aceptar, desde el respeto, lo que llegue a ser. Y si tiene que ser, será.

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La mariposa azul (relato colaborativo Covid edition)

La mariposa azul (relato colaborativo Covid edition)

¡Hoy es el día!, pensó Julia después de desayunar. Entonces, guardó unas galletas y un par de zumos en la mochila. Mandi, quédate en casa, insistía, pero su gato quería acompañarla sí o sí. Quizás porque cada noche al irse a dormir, la pequeña preguntaba: Mamá, ¿por qué está embrujado el bosque? Y mientras Mandi se acurrucaba con ella en la cama, mamá le explicaba la historia del bosque encantado y de las mariposas mágicas.

Así es que esa mañana, Julia y su gato Mandi entraron por el valle que conducía al bosque. No te alejes tanto, Mandi; deja a esa lagartija en paz; si haces rodar tanto a ese caracol se va a marear, decía mientras caminaban por el sendero del río. Al fondo, una corona de montañas con algo de nieve. Mira cómo tocan el cielo, seguro que la yaya podría bajar si la llamásemos fuerte; y el gato, siempre atento, respondía miau. El camino empezaba a subir hasta llegar a un puente de piedra de esos que tanto resbalan y, tan antiguos, que nadie sabe cuántos años tiene. Al otro lado, el bosque.

Se adentraron por el camino que serpenteaba como una culebra entre árboles, arbustos y oscuridad, hasta que por fin se abrió un claro profundo y musgoso. Huele a flores, pensaba Julia; pero se oían ruidos extraños y, de fondo, el río. Tú no tienes miedo, ¿verdad, Mandi?, pues yo tampoco. De repente, una pequeña luz, y dos y tres bailando una coreografía como nunca se habrían imaginado. Ya vale, niñas, se oyó a lo lejos. Julia se volteó intrigada y vio a una mariposa azul que, con su varita, transformó a las lucecitas en pequeñas mariposas azules. Somos las Azulitas, reían traviesas mientras revoloteaban alrededor de Julia y molestaban a Mandi, que intentaba atraparlas.

Esa noche, Julia le dijo a mamá: hoy seré yo quien te explique porqué Bujaruelo está embrujado. Mamá sonreía de felicidad. Es cierto, mamá, insistía, y algún día yo también seré una mariposa azul. Pero mamá no creía ni una sola palabra. Así que, a la mañana siguiente, Julia se la llevó al bosque. Pero ¿no las ves?, preguntaba. Y de verdad que mamá no veía ni una sola mariposa azul. Hasta que la pequeña recordó que le habían dado un saquito de polvo mágico: polvo de hadas para volver a creer, dijeron. Y le sopló un poquito a mamá y dijo: Ven, agáchate, mira allí al fondo, ¿las ves? Una, dos, tres, cuántas mariposas, ¡y todas son azules! Mira, ahí está María libando el néctar de las azucenas silvestres, y detrás de la seta con sombrero, Laura, la maestra con sus azulitas. Y mira, ¿ves ese tronco de roble dormido con las raíces enormes que respiran sobre la alfombra de musgo? Pues ahí, en sus huecos, es donde se transforman en mariposas. Y se acercaron emocionadas y vieron cómo entre la oscuridad brillaban millones de pequeñas luces.

Al atardecer, en el bosque se celebró una gran fiesta. Y llegaron mariposas, duendes y hadas, elfos, gnomos, incluso algún trol que tuvo que limpiarse los pies para poder pasar. Las luciérnagas se metían dentro de las copas de las flores y encendían sus luces iluminándolo todo. Había mil y una maravillas para comer y beber, zumos de bayas, piruletas de jazmín, bombones de espliego… Incluso había una orquesta con guitarras, flautas, tambores, y pasaron la noche cantando, bailando y riendo. Al alba, con la primera luz del día en el territorio Azul, despertaron juguetonas las azulitas más niñas, que revoloteaban entre sus griteríos para despertar al resto del pueblecito que, con tanta pereza, empezaba a faenar de flor en flor, de rama en rama. También despertaban las rastis, que eran las que se encargaban de llenar la despensa de la comunidad. Mamá despertó a Julia que, feliz, preguntó: ¿me crees ahora, mami? Claro que sí, eres mi mariposa azul. Y con la calidez de un abrazo, regresaron a casa con Mandi.

Dicen que Bujaruelo está embrujado porque de noche, sobre el murmullo del río, se oyen cosas extrañas. Es el bosque que habla dulce y sabio como las caricias de mamá, porque las que ya no están, las abuelas, madres, hijas, tías, permanecen como el aleteo de las alas invisibles que llevamos en nuestro interior. Y con su amor y sabiduría siembran la tierra que será regada con la lluvia del bosque. A todas vosotras, mujeres, ¡gracias!

Relato colaborativo que surgió a raíz de un juego que organicé en Facebook durante el confinamiento por covid-19. ¡Muchas gracias por participar!

Para hoy, os propongo esta fotografía. Quizás os inspire más una emoción (belleza, tranquilidad, amor…), o una…

Gepostet von Paula Colobrans am Freitag, 27. März 2020
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