Hace unos días, le pedí a uno de mis hijos que me trajese alguna flor para el balcón, algo pequeño, dije, para la mesa; la primavera siempre hace compañía por su belleza y tranquilidad, y ahora que los días empiezan a ser largos y que llega el buen tiempo, me pongo a menudo allí, a escribir. Y cuando llegó mi hijo con un “te he traído una caléndula”, no me lo podía creer, porque él no sabía lo que os voy a contar ahora:

De muy pequeña, mis padres tenían una casa en un pueblecito escondido entre bosques, montañas y castillos, un lugar encantador y tan minúsculo, que no tardabas más de cinco minutos en recorrerlo a pie de lado a lado. Nuestra casa estaba construida sobre una roca inmensa porque, según decían, la vivienda eran las antiguas caballerizas del torreón de entrada al castillo, y la terraza, que tenía forma circular, es lo que quedaba de ese torreón. Porque en el pueblo hay un castillo y nosotros estábamos justo al principio del camino que antiguamente conducía a él. Pues desde la primavera hasta principios de otoño, los márgenes de la falda de esa roca inmensa se inundaban de caléndulas naranjas y amarillas. Y aunque la gente dijese que eran malas hierbas y no las plantasen en su jardín, a mí me fascinaban y siempre cogía alguna para decorarme el pelo, o para hacer un pequeño ramo y colocarlo sobre la mesa del comedor. Y creed que hay un castillo, os dejo la foto de uno de los cuadros que pintó mi madre durante esa época; me encantaba acompañarla y sentarme durante horas mientras ella pintaba. Pero de eso hace cuarenta años, o incluso más. Allí pasé los mejores días de infancia.

Por eso, cuando mi hijo me ofreció la caléndula que había comprado, me emocioné, porque todas las flores me gustan pero esta, además, tiene ese significado especial. Porque no solo me trajo la primavera junto a aquella felicidad perdida, también el amor de un hijo que sin conocer ese significado, escogió algo sencillo pensando que sería lo que más le gustaría a su mami. Y acertó. Y cada vez que miro la flor, me siento orgullosa y afortunada de poder vivir, en el día a día, todo ese amor.

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