Pequeñas puntas de aguja se clavan en mi rostro: hace frío. Observo la dulzura de la luna llena cubrirse bajo un tul de nubes mientras me paseo entre las tumbas. Hace cuarenta y tres años que soy guardián en el cementerio de un pueblecito lejano, en las montañas. Hoy he llegado tarde, pero a nadie le importa, los muertos duermen y los vivos se entretienen celebrando la nueva moda de Halloween. Durante el día, el cementerio se ha llenado de visitantes y ahora está todo precioso gracias a las coronas de flores con su bello aroma. En noches como esta me deleito recordando a los que ya no están; contemplo el perfil de las letras y números esculpidos sobre sus lápidas ennegrecidas por el paso del tiempo, y siento que el olor a cementerio ya es inherente a mí. 

¿Quién anda? No estoy solo, alguien se esconde entre la oscuridad. Creo que será Miguel, porque ya ha venido otras veces. Él representa a los hombres con el alma petrificada por el sufrimiento, a los incapaces de aceptar la muerte de su prometida durante la víspera nupcial. La aspereza de su voz me sobresalta: “¡No puedo imaginar la vida sin ti, oh, Amelia!”, dice. Camino hacia él iluminándolo con la linterna y me fijo en que ha cubierto la tumba con un velo, el que la joven habría vestido si no hubiese sufrido aquel trágico accidente:

—La pobre Amelia duerme en una caja pequeña, la medida justa para acoger los trozos que los lobos no quisieron comer —dice hierático, removiendo algo que calienta en un pequeño fogón — ¡y ahora la devoran los gusanos! —vomita lleno de rabia. Pero yo no sé qué decirle, porque el duro golpe de esta muerte es demasiado reciente. Miguel continúa hablando con una tranquilidad estremecedora—. He preparado una pequeña cena de aniversario, acompáñenos, Señor José —, y bajo su mirada atenta, me ofrece un tazón. Su rostro queda partido por la sombra siniestra de un ciprés. Siento miedo, pero no puedo negarme.

—Tomaré una tacita, gracias —, le respondo mientras el bienestar del consomé baja por mi garganta. Es gustoso, pienso.

Pero algo me pone nervioso y huyo hacia la rectoría turbado por esta intimidad macabra. Allí me duermo recordando la palidez cadavérica de Miguel, que me hace dudar sobre si está vivo o muerto. A lo lejos, en el bosque, se escuchan las rapaces rompiendo el silencio. 

Al amanecer vuelvo para hacer la ronda. Por suerte, él ya no está, solo quedan los restos de la cena. ¡Pero la tumba de Amelia está abierta! ¿Cómo no lo intuí la noche anterior? Atribulado y confuso pienso que no puede ser, y vomito horrorizado al recoger la olla del caldo: ¡veo flotando la cabeza de la pobre Amelia!

Traducción del texto original, Aquella nit de difunts, publicado en la revista APLEC:

http://www.aplec-igualada.cat/relat/2/aquella-nit-de-difunts

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